“Cuando no sabes
cuántos años tienes, pero todos saben cómo te
llamas” Por Janet Amsel Sunshine
Sentada, escribiendo con la laptop de mi hijo mirando al mar. Estoy en
Ancón; el año…2007 o ¿Será 1967? La semana pasada cumplí años,
49 años o ¿Serán 14?; cuando regreso a Lima, como que el tiempo se
detiene. Mi mamá siempre me recuerda que me lleve una chompa porque
hace aire, cosa que, a los 49 años y viviendo afuera hace 20, no ocurre
allá. La empleada me prepara mi juguito y me lo trae hasta donde
está el computador; definitivamente no sabes qué edad tienes
cuando esto ocurre. Al mismo tiempo, mi hijo está llenando su
aplicación para el “Dorm” en la universidad, ya que el otro año mis
mellizos empezarán esta nueva etapa en sus vidas, lo que me recuerda
que no puedo tener 10 ó 15 años porque tengo hijos de 17. ¡Qué
bella confusión! De otra parte, mi sobrino ya tiene hijos que tienen
3 y 6 años, o sea que, ¡Ya soy tía abuela!, lo que me recuerda otra
vez, que no puedo tener 10 años y más bien, tengo que tener algo
más.
El tiempo se detiene. Para los que somos Anconeros de corazón, no hay
Asia ni playas del Sur, aparente competencia -relativamente reciente- que me
dicen, surgió por el año 2,000. Me cuentan que por allá, en el
sur como lo llaman, hay de todo: Wong, Ripley, restaurantes, cine y
discotecas, en el famoso boulevard. Pero para mí, el sur no tiene
historia, y para mí, historia es lo que cuenta.
Llegamos a Ancón el viernes por la noche. Yo manejo un carro, lo cual
es toda una aventura porque desde que me fui del Perú, hay por lo
menos 10 millones más de carros que manejan como si ellos fueran los
únicos en la pista y mi hermana maneja el otro carro. Llegamos a
Ancón, y en el garaje en el que nos cuadramos desde siempre, nos
espera Carhuancho que me dice: “Edificio Santa Teresa, 2do y 3er piso, Sr.
Amsel”. ¡Qué sensación más maravillosa!, ¡Tengo 12 años
otra vez! Carhuancho se ve igualito, como si el tiempo no hubiera pasado,
aunque me dice que ya no escucha bien. Debe de tener como 86 años y en su
triciclo, nos lleva todos los maletines hasta el departamento. Algunos toman
“Anconetas”, creativo invento de triciclo que lleva a 2 ó 3 personas
sentadas, mientras el “Anconetero”, pedalea por la increíble suma de un sol
por persona; es decir, más o menos 0.30 centavos de dólar. Yo
camino hasta el departamento, porque a estas alturas me siento muy rara de
que alguien me maneje desde un triciclo. Al llegar al edificio, Pablito, el
guardián, me abraza y abraza a mis hijos, con nombre y todo. Les dice
que todavía tiene guardada la foto de ellos de cuando eran chiquitos, con
chupón y todo, y los llevaba encima de su triciclo. Pablito
también se ve igualito, aunque me dice que Percy, su hijo mayor, ya
tiene 27 años. Subimos al departamento. Algunos se ponen sentimentales, mi
mamá no quiso venir con nosotros… mi papá, ya no está.
Eso se siente tan raro, a mi papi le encantaba Ancón, la lancha, el
mar; lo siento caminar feliz por el departamento, con su sonrisa,
disfrutando que sus nietos puedan disfrutar de “Su” departamento y de “Su”
Ancón. Y miro Ancón desde el balcón; la arena es negra,
el malecón está bien maltratado y sé que el mar va a
estar frío. A simple vista no parece ninguna belleza de playa, pero es mi
Ancón.
En el “Depa” de mi mamá nos quedamos mis hijos y yo, mi hermana, que
vive en Buenos Aires y su hija. En el depa de abajo (2do piso) se queda mi
hermana mayor, -que vive en Lima- su hijo y su nuera, y sus nietos. A las 8
bajamos a comer todos juntos. Es viernes y es el día del Shabat para
nosotros los judíos, la sensación de prender las velas del Shabat,
con el sonido del mar de fondo, junto a mis hermanas, hijos, sobrina,
sobrino y sobrinos nietos; resulta para mí, inexplicable. Lo hago todos los
viernes, más o menos, en “Boca” con mis hijos; pero esto, no tiene
precio.
Al día siguiente amanece nublado. Así es Ancón, nunca se sabe
cuándo va a salir el sol. Nos vamos al muelle con mi hermana y mis
hijos a buscar pescado y mariscos. Mi hijo, “El amante de la fotografía”,
lleva su cámara. ¡Qué maravilla! ¡Eso es fresco! Mis hijos se
deleitan mirando a las “Chalanes” llegar con “Harto” Perico (Un pescado, no
un ave) mientras tanto, mi hermana escoge pejerrey, choros y uñas de
cangrejo, de Esperanza, la casera. ¡Tengo 15 años otra vez!: El muelle,
Esperanza, ¡Los “Caseros”!
Luego bajamos a la playa. El día sigue nublado pero no importa, es por la
experiencia. Veo a mis hijos sentados debajo de la sombrilla y a mis
sobrinos nietos haciendo un pozo y dejo de tener 15 años para tener 40. Pero
luego, me encuentro con la señora heladera y con Pedrito, el barquillero, y
tengo 20 años de nuevo. Todos se acuerdan de uno. Me siento en una silla de
playa, en cualquiera, -porque aquí no importa si es tuya o no; todo
se comparte, hasta que si el dueño llega y te la pide- miro a mi alrededor y
no reconozco a nadie: Nuevos papás con nuevos hijos. Al igual que mi
abuela cuando yo era chica, le pregunto a mi hermana Mary -la que vive
acá- quién es quién, y más o menos voy
entendiendo: Tengo, definitivamente, 49 años otra vez.
El sol sale tímidamente, y me animo a meterme al mar. Sí, el agua
está definitivamente congelada. Me río por adentro: ¡Este es
mi Ancón! Aparece mi primo, que llega de Lima de sorpresa con su
esposa y sus tres hijos, se quedan a almorzar por supuesto. ¡Ahh, Esto es el
Perú! Mi hijo me pregunta como a las 12, a qué hora
almorzamos, y yo le digo que si ya se olvidó que se almuerza como a
las 5, después de llegar de la playa. Tal como dije, almorzamos a esa
hora, a lo que me vuelve a preguntar si se trataba de la cena o el almuerzo.
Definitivamente tenemos que venir más seguido, porque mis hijos ya se
están olvidando de cómo se hacen las cosas acá.
En la noche, salimos todos a comer al “D’onofrio” y nos encontramos con
medio mundo. Todos, gente leal a Ancón: Los “Anconeros” de
corazón. El resto está en el Sur… Tengo 20 años de nuevo, nos
acordamos de tiempos atrás, nos reímos y mis hijos se vuelven
a sorprender de que todos nos conocemos, y hasta se acuerdan de ellos.
Definitivamente, el tiempo no pasa aquí. Debe de ser el aire de mar,
el pescado fresco, o la despreocupación. Y como en la serie “Cheers”,
todos conocen tu nombre. ¡Gracias mi Ancón! Me has hecho sentir joven
otra vez y eso, no tiene precio.
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