¿Qué pasa que no
aprendemos?
Carta del Fundador
Hace unos días, más de 200 personas, entre intelectuales, artistas y
ciudadanos, marcharon en las playas del Sur de Lima, vestidos de empleadas
del hogar, como gesto de desaprobación a la política de muchos
balnearios, de no permitir que las “empleadas domésticas”, se bañen
en el mar. El grupo, bastante diverso, formó una cadena humana
evitando que la gente pudiera entrar a bañarse. La protesta, que ha tenido
bastante cobertura en la prensa limeña, ha generado controvertidas
opiniones. Ahora bien, ¿Qué es lo que sucede?
Los balnearios del Sur de Lima, en Asia, tienen reglamentos que funcionan
como los de un condominio o una urbanización, regulando el color del que
pueden pintar la casa, la altura de las viviendas, etc. Gracias a ello, han
creado urbanizaciones bastante armoniosas y organizadas. Sin embargo,
también hay reglas que “regulan” el uniforme de las empleadas
domésticas y las horas en que se pueden bañar en el mar, que
generalmente es cuando el sol ya se está ocultando, después de
las 6 de la tarde.
Considerando que muchas de las empleadas domésticas (que generalmente
son mujeres) pasan horas y horas cuidando a los niños, viven en sus casas 6
días de los 7 de la semana y pasan todo el verano, en la casa de playa
“frente” al mar; el no dejarlas bañarse, es por decir lo menos, y sin miedo
a ofender, absurdo, “huachafo” y porque no, racista.
Absurdo y huachafo, porque no hay necesidad de prohibir a la empleada,
bañarse en el mar o tomar sol en ropa de baño durante sus “breaks”. Es una
regla que demuestra una insensibilidad absoluta con personas que viven bajo
su mismo techo y con iguales necesidades fisiológicas. Acaso, ¿No
pueden asumir que si la temperatura es de casi 100 grados Fahrenheit, y la
empleada se la ha pasado todo el día “corriendo” cuidando a sus hijos e
hijas, ellas también necesiten refrescarse, sobretodo teniendo el mar
a sólo unos metros?.
Reglas como éstas, no demuestran que tan “exclusiva” es una
comunidad, sino lo atrasada y retrógrada que es. El aceptar, o no
denunciar estas reglas discriminatorias, no hace más que acentuar los
problemas sociales de nuestro país. Si estas familias, que son las
más afortunadas del país, son insensibles con las personas que
trabajan en su propio hogar, sin preocuparse ni siquiera por las condiciones
laborales, ¿Cómo vamos a tener la sensibilidad social que se requiere
para cambiar un país donde la mitad de su población vive en pobreza y
extrema pobreza? ¿De qué nos sirve hablar de inclusión social,
cuando justamente las reglas de estas familias privilegiadas, son
excluyentes e insensibles?
Es sólo sentido común. Denunciemos estas reglas
discriminatorias que son la leña de los conflictos sociales, tan bien usados
por candidatos como Humala. Todos queremos un país en paz, y más
justo, y esa justicia, debe de empezar en casa.
Javier Justo
Fundador
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