www.clubdeperuanos.com Febrero 2008

Honestidad Brutal
Por Bruno Rivera

Los limeños viven en una ciudad hostil, en una jungla donde al que no ataca lo atacan, el que no caza es presa y al que no se pone “mosca” lo pisotean. Mi teoría es que la falta de trabajo, la pobreza y los bajos sueldos incitan a mentir, a robar, a embustear, a corromper y a extorsionar –económica y sentimentalmente- a quien se ponga al frente. El limeño no cree en nadie, duda de todos y de todo, mira con el rabillo del ojo al que camina a su costado, -no vaya a ser choro- dice.

¿Cómo no vamos a tener una predisposición para mentir, si desde niños nos enseñan a empañar mentiras piadosas?
- “Dile al jardinero que no estoy, porque ahorita no tengo plata para pagarle”.

¿Cómo castigar a un niño por robarse un caramelo, si la percepción que tiene de un ladrón es totalmente distorsionada y arbitraria? El que roba una bicicleta es “choro”, pero el que no paga el peaje es “mosca”; el que arranca una cartera es “piraña”, pero el que se encuentra una cartera es un "lechero".

Los más grandes embusteros son los que embusten al embustero, decía mi tío Alberto.
- Esos desgraciados siempre se quieren pasar de vivos y hay que estar “recontra” mosca. Si te pregunta el cobrador, le dices que tienes ocho años, para pagar medio pasaje.

El colmo de la corrupción son los policías, que aceptan dinero de borrachos al volante y se dejan romper la mano con un escueto:
- Bueno, colabore con algo. Póngalo ahí nomás, junto a su brevete. Y sea conciente ¡Ah!

Y… ¿No es una forma de extorsión sentimental cuando le decimos a un amigo? - Mira que yo te recomendé con mi jefe para que te den la chamba sino… cuántos meses más estarías pateando latas…
Préstame cien solcitos pues, no seas malo, te los devuelvo a fin de mes. ¡Firme!

No puedo evitar hacer un odiosa comparación con lo que sucede en Minneapolis, EE.UU. y esas situaciones cotidianas que viví muchas veces en Lima, la horrible. En Minneapolis, la gente es extremadamente honrada, yo diría civilizada. No es que los peruanos no seamos civilizados, pero tendríamos que aprender de los Mineapolitanos (si existe esa palabra) la honradez y el respeto a las reglas. Si los peruanos fuésemos más honrados y respetuosos, nuestro país sería un poquito más civilizado, digo yo.

Acá, mi teoría es otra; yo creo que la educación y la calidad de vida hacen que la gente sea un poco más honesta. Los ricos no tienen por qué robar, obvio, los pobres tienen tanta ayuda del gobierno que si roban, es por avaricia y no por necesidad. Durante el tiempo que he vivido acá, no me dejan de sorprender las cosas que pasan en esta ciudad, tengo cientos de anécdotas pero los dejo con tres de las que más recuerdo:

Mi hermana vino a visitarme el invierno pasado y compró una laptop para María Teresa ( la novia de mi hermano), una computadora de dos mil dólares que tenía que llevar a Perú de regreso. En el aeropuerto, por un descuido que nunca entendió, dejó la laptop en algún sitio del recinto y cuando se dio cuenta, ya no la tenía. Corrió de regreso al baño, al restaurante donde cenó, recorrió el camino que tomó de palmo a palmo y nada. Se acercó donde un policía y éste llamó por radio a la seguridad para preguntar si habían encontrado una maleta, a los pocos minutos llegó otro policía con la laptop. Alguien la había encontrado y la entregó a seguridad. El policía le pidió una identificación a mi hermana y listo. Yo creo que tuvo suerte y dudo que lo mismo hubiese pasado en el aeropuerto de Nueva York, Miami o el de mi querida Lima.

Hace unos meses, Christina, perdió su billetera en la puerta de Costco (un supermercado mayorista), al día siguiente, se dio cuenta y llamó a la tienda para preguntar si la habían encontrado. Alguien la había encontrado tirada en el estacionamiento y entregado a seguridad. Todo el dinero estaba ahí, junto con sus tarjetas y documentos. Quien sea que la haya encontrado, pensó que el dueño la buscaría ahí mismo, así que tuvo la decencia de entrar a Costco y devolverla.

El año pasado, algunos compañeros de trabajo organizaron una fiesta de Navidad. Una de las chicas se encargó de confirmar a los asistentes y recolectar el dinero (puesto que había que ordenar la comida y calcular el trago). Un día, entró a mi oficina y me preguntó si yo iría, yo le dije que sí y le pregunté cuándo le podía pagar el dinero para la cena, ella me dijo que había dejado un sobre con una lista en el buzón de correo (es un buzón al que todos tenemos acceso y donde recibimos nuestro correo). Al día siguiente, abrí el sobre y encontré la lista de invitados con el dinero de todos, dejé mis veinte dólares y pensé que una situación similar jamás hubiese pasado en Lima. Y es que en Lima, el dinero se vigila celosamente y no se puede confiar “así como así”.

Bueno, tampoco quiero decir que acá nadie roba, nada más falso, en Honestilandia, también roban; es más, la primera vez que me robaron el carro, fue justamente en Minneapolis. Fue increíble, un día salí de mi departamento para irme a trabajar y mi carro no estaba, ¡Se lo robaron completito! No sabía si reír o llorar. Llamé a la policía y puse una denuncia. A los tres días encontraron mi carro abandonado, yo pensé que lo habían desmantelado, que le habían robado absolutamente todas las piezas. Mi sorpresa fue grande al descubrir que sólo le habían robado la radio, los parlantes delanteros y un par de accesorios de plástico. Los desgraciados me jodieron el arrancador y la chapa, por llevarse sólo la radio, que calculo no valía más de cien dólares. ¿La diferencia? Los rateros, acá, no querían desmantelar mi auto para venderlo por partes, sólo querían la radio, una radio nueva para su carro (probablemente, más valioso que el mío).

En mis sueños más absurdos deseo que todos los peruanos seamos más honestos. Deseo que las calles sean más seguras, que los autos no tengan alarmas, que las combis no sean asesinas, que los presidentes no sean corruptos, que los futbolistas se juergueen y se sientan orgullosos de hacerlo, pero que no engañen a la prensa deportiva y traten de burlar la seguridad del hotel de Los Inkas.

Pienso que si todo eso (y un poquito más) sucede, mi país estaría mucho mejor, sería un poquito más llevadero, menos hostil y más civilizado.

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