NO SOY DE AQUÍ NI SOY
DE ALLÁ Por Janet Amsel Sunshine
Tratando de decidir qué escribir éste mes, pensé en los
factores Psicológicos de la inmigración. Javier me
había comentado muchas veces que la mayoría de los que leen la
revista, han inmigrado hace más de cinco años y no son recién
llegados. Me cuestioné entonces si debía de escribir sobre
este tema; y concluí, que no importa cuánto tiempo uno
esté fuera de su país: El ser inmigrante siempre es tema de
discusión.
Dejar el país de origen involucra pérdidas muy profundas; uno
tiene que dejar de lado desde las comidas, costumbres, idioma materno hasta
familia, amigos y colegas. La pérdida viene, generalmente, acompañada
al comienzo por mucha tristeza, nostalgia y duelo. Uno de los
desencadenantes de la depresión, es el mudarse de un lugar a otro.
Está clasificado, en el inventario de Depresión de Beck, como
el cuarto factor de importancia después de perder a un ser querido o
divorciarse.
Las diferentes experiencias de dislocación pueden ser examinadas en
términos de la habilidad del inmigrante de hacer el proceso de duelo
o no. Antes de mudarme, recuerdo haberme apresurado a terminar mi tesis en
Lima, para así poder mudarme a los Estados Unidos con “mi
título”. Al llegar a Nueva York, me di con la sorpresa de que mi
título de Psicóloga no era aceptado. Al mandar a revalidarlo,
se concluyó que sólo tenía un bachillerato, con lo que
directamente, no podía ejercer. Tenía que volver a la universidad
para hacer un Doctorado, e inclusive, repetir algunos de los cursos que ya
había tomado en Perú. Opté por la Maestría
en Trabajo Social Clínico en vez del Doctorado en Psicología
Clínica. Éste tomaba dos años en vez de cinco, y me permitía
ejercer Psicoterapia, que es lo que yo quería. Allí tuve mi primer
conflicto de identidad: Ya no era Psicóloga, sino Social Worker.
Aunque suene tonto y superfluo, me chocó tremendamente. Primero, tuve
que volver a convertirme en estudiante después de ya haber ejercido
en Lima, luego, tuve que hacer un internado y escuchar a mi supervisora,
que, aquí entre nos, no sapía nada comparado con lo aprendido
en La Católica . Yo me estaba resistiendo tremendamente a aceptar
lo que debía hacer: Hacer mi proceso de duelo y asumir mi nueva
identidad. Cuando logré entender eso, se me hizo mucho más
fácil la transición, ya que todo inmigrante tiene que dejar
parte de su individualidad, por lo menos temporalmente, de manera de poder
acomodarse en el nuevo medio ambiente.
Pienso que el proceso de adaptación está determinado por una
serie de factores. En primer lugar, está el grado de elección
al dejar el país natal. Por ejemplo, yo no dejé el Perú
por elección mía: Fue mi ex esposo el que decidió hacerlo, por
su carrera, además de ser norteamericano. Durante mi proceso de
adaptación, recuerdo siempre haberlo culpado a él por mi
tristeza. Mis padres, que dejaron Polonia a raíz del
anti-semitismo, estaban tan agradecidos al Perú, que mi madre
decidió no hablar nunca más el polaco, adoptó el
castellano y se olvidó que era polaca. Su obligado exilio la ayudo a
olvidarse de su país natal. Mi “no obligado” exilio, me
impedía asimilarme. En segundo lugar, está la posibilidad de
visitar o no la patria. Aquellos que pueden ir y venir libremente, sufren
mucho menos que aquellos que están prohibidos de ese “recargo emocional”.
Por otro lado, las diferencias culturales entre el país adoptivo y el
país de origen, es otra variable importante. Mudarse a los Estados
Unidos desde Canadá o Inglaterra no es lo mismo que mudarse de
Latinoamérica. Es por ello que la gente se muda a barrios ya
“colonizados” por compatriotas y conocidos. Para poder adaptarse y sufrir lo
menos posible al inmigrar, resulta de suma importancia el apoyo de amigos o
familiares que ya se encuentran en el nuevo país. Éste apoyo incluye
desde el emocional hasta el informativo.
Otro problema serio que el inmigrante enfrenta, es cómo encontrar su
sitio, su lugar en la nueva comunidad; y adquirir una nueva Posicón
social, económica y estatus profesional; factores con los que contaba
en su país de origen. En el nuevo país, nadie lo conoce, y la
sensación de anonimidad suele ser muy desalentadora. Además de
mudarme del Perú para los Estados Unidos, yo me mudé muchas
veces dentro del país. Recuerdo que mi manera de determinar si ya era
parte de un lugar, era si me encontraba con gente conocida en el
súper. Allí, ya me sentía establecida.
Uno pensaría que luego de 20 años, ya está adaptado y no se
cuestiona volver a su país. Cuando cinco años atrás me
divorcié, me empecé a cuestionar la posibilidad de regresar al
Perú y criar a mis hijos cerca de mi familia. El problema era que
cuando iba de visita a Lima, la pasaba muy bien: Los mejores restaurantes,
peñas y amigos de primera; pero me molestaba el cigarrillo, el ruido de los
ómnibus y la burocracia de cada trámite: Yo ya no era de
allá, pero tampoco de aquí.
Cada país tiene sus pros y sus contras y eso es lo que debemos de aceptar.
Conozco gente, entre ellos muchos de mis pacientes latinos que solo tienen
amigos hispanos con la lógica de que “los "gringos" son muy fríos o muy
rígidos”. Uno logra encontrar todo tipo de gente, no importa la
nacionalidad. Yo, por estar en Boca Raton, donde no hay tantos latinos como en
Miami, no tuve otra opción que hacerme amigos de "gringos". Y tengo que decir
que son excelentes amigos conmigo y con mis hijos. Son tan
abiertos que han aprendido a comer comida peruana. El mejor ejemplo, que me
hace gracia pensar, es que siempre tengo que tener Inca Kola en mi casa
porque a los amigos de mis hijos les encanta! Lo más sano es preservar las
costumbres del país natal e incorporar las del país adoptivo. Si lo tomamos
así, sentiremos que nuestra vida se enriquece.
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