Volver sin aun querer
Entrevista: Luis Campos
Cuando salió de casa para ir a trabajar, Eduardo fue interceptado y esposado sin mayor explicación. Dos meses después, se encontraba siendo escoltado hasta el avión que lo llevaría a Lima, sin equipaje alguno y con la misma ropa con la que lo habían detenido hacía 60 días.
Lima. Corría el año 1991 y Eduardo Soto, era un estudiante de Sociología como cualquier otro, en la Universidad de San Martín de Porres; pero a diferencia de la mayoría de sus compañeros, se vio obligado a dejarla cuando cursaba el tercer año, por una razón muy poderosa: El Terrorismo.
Era la época del Gobierno del ex presidente Fujimori, y a diferencia de sus demás compañeros, Eduardo vivió muy de cerca la arremetida terrorista. Con familiares muy cercanos pertenecientes al ejército y las fuerzas armadas, muy pronto vio su entorno familiar quebrado cuando su hermano mayor fue secuestrado para desaparecer para siempre.
Así, este joven estudiante, vio su futuro truncado bruscamente; su salida del país se hacía imprescindible. ¡Tenía que salir sí o sí!, pese a que a su corta de edad su innata facilidad de dominar idiomas, le había permitido enseñar inglés en el Centro de Idiomas de las Fuerzas Armadas y en el SIN (Servicio de Inteligencia Nacional).
“No sé por qué le pasó eso a mi hermano, siempre me lo preguntaré. A veces pienso que porque era militar; en realidad, no sé. Yo tenía otros primos a los que también desaparecieron y que también eran militares. Tenía muchas cosas en la cabeza, pero lo único que tenía bien claro era que tenía que irme”, recuerda Eduardo, con la mirada triste.
Así las cosas en su país natal y aún confundido, partió con destino a los Estados Unidos. Allí, su futuro se veía prominente; él tenía juventud, ganas de salir adelante, y además, dominaba 3 idiomas; lo que sumado a su personalidad alegre y contagiante, lo llevaría a dejar atrás las amargas experiencias vividas.
Al comienzo, la suerte estaba con él. Consiguió una visa de trabajo en Estados Unidos, empezó en el rubro del turismo, fue asistente de vuelo, viajó en varias oportunidades a Europa; luego fue para Philadelphia, para hacerse unas operaciones en la vista, donde consiguió un nuevo “sponsorship” y un nuevo trabajo, ciudad en la que se quedó y en la que conoció a una norteamericana, que luego sería su esposa…y su pesadilla.
Eduardo se casó en New York, rodeado de amigos, champagne, fotos y con todas las de la ley. Pocos días después presentaron sus papeles y a las semanas, les llegó la cita para la tan esperada entrevista de Inmigraciones: Un viernes de febrero.
Un día antes de la misma, su suegra “supuestamente” enfermó y su esposa viajó, pero nunca volvió. “Se fue con mi auto, mis tarjetas de crédito, se mudó y se fue de mi vida; yo me las agencié y cada año seguía renovando mi permiso de trabajo”, cuenta Eduardo. Tras la denuncia respectiva, pudo recuperar su auto; aunque, como era de esperarse, no quiso saber nada más de su esposa; y al tiempo, le llegó su acta de divorcio.
Eduardo compró su casa, siempre pagó sus impuestos, tenía dos autos, su crédito era perfecto, tenía una buena vida y ¡Seguía con energías para seguir adelante! Como si fuera poco, tuvo la “suerte” de conseguir otro empleador que le daría una nuevo “sponsorship”; así que, empezó con esos trámites, sin renovar su permiso nuevamente. Sin embargo, una supuesta citación con el juez,- de la que nunca se enteró, porque nunca le llegó- trajo como consecuencia que fuera considerado un fugitivo y de buenas a primeras, el “sueño americano”, se tornó en una pesadilla.
Un jueves de Junio, cuando como todos los días salía a trabajar, se le acercaron dos tipos altos, llamándolo por su nombre y sin darle tiempo a reaccionar, le pusieron las esposas, “Pensé que era una broma, no entendía nada. Me mostraron sus identificaciones y sí, eran oficiales de inmigración. Me arrestaron, registraron mi casa, me dijeron que estaban impresionados por la forma como vivía. Decían que parecía una persona “decente””; nos comenta.
Lo llevaron para procesarlo, dándole la oportunidad de hacer una llamada con la que pudo contactarse con su abogado; pero, como ya tenía una orden de captura, fue llevado a una cárcel de ¡Máxima seguridad! - al Clinton County Correccional Facility - cerca de Ohio. Ahí se quedó por dos meses y diez días.
“En la cárcel me puse a dibujar, a corregir las cartas de los otros presos, por lo que ellos me daban una bolsa de sopa a cambio, -logré coleccionar varias, que después se podrían vender entre los otros presos- ¡Aprendí hasta cortar el pelo!, al cruzar los pabellones para salir a una área común, pasábamos por donde se encontraban los más peligrosos, cruzar tu mirada con un asesino era pan de todos los días”. ¡Duerman!, ¡Despiértense!, ¡Coman!, ¡Báñense!, ¡Salgan a comer! Era como una escuela militar, seguridad por todos lados. Muchos sentimientos incómodos, pero felizmente, nunca le pasó nada grave.
Eduardo, podía apelar. Si lo hacía, tenía que quedarse en esa cárcel un mínimo de seis meses y un máximo de ocho, y sus posibilidades de ganar eran 50/50; ¿Qué hacer?, ¿Qué opciones tendría?, ¿Debería esperar para comenzar un nuevo proceso?, o, ¿Irse? Y si se regresaba, ¿Qué hacer con su casa valorada en más de US$ 200,000 dólares?, ¿Sus autos?, ¿Las cosas personales?; ¿Qué sucedería con todo eso?
Las preguntas venían solas, pero al final decidió volver al país que no había pisado desde 1991. Así que, alquiló su casa con opción a venta. Y a pesar de tener un familiar que vivía en Philadelphia, y que lo apoyaría en todo; la ansiedad, la ira y el dolor, -según sus propias palabras- lo mataban literalmente.
“Me llevaron al consulado de Perú, en New Jersey, me sacaron un pasaporte en un solo día; los oficiales no me dieron tanta resistencia, me dieron la oportunidad de irme, ¡De fugarme!, ¡Pude hacerlo!, pero me sentía dolido, ya sólo quería irme”; nos comenta con la voz quebrada, reviviendo cada momento.
Ya en el aeropuerto, sin equipaje, sin nada, y sólo con la muda con la que lo habían arrestado meses atrás, lo acompañaron hasta que subió al avión, en un vuelo directo a Lima.
Al llegar al aeropuerto limeño, acompañado de otros en su misma situación y ya advertido, los oficiales de inmigración les pidieron dinero, aduciendo que se trataba del proceso, del “sistema”, porque tenían que llamar a la policía del Perú. Finalmente, tras pagar una suma insignificante, los dejaron ir, ¡Luego de 24 horas!
"Me sentía en una ciudad desconocida ¿Qué pasó con mi destino?, ¿Por qué sucedió todo?, ¿Por qué no esperé más tiempo?” - Muchas preguntas sin respuestas- “Otros lo hicieron y lo lograron ¿Por qué yo no?”. La decepción y frustración, persisten pese a llevar ya más de un año en el Perú. Eduardo, ya tiene empleo y no pierde la esperanza. Aunque, el estar acostumbrado a un sueldo de más de 3000 dólares mensuales y tener que ganar 500 en Lima, no es fácil. “Tendré que comenzar nuevamente, siento que hay un hueco en mi vida, lo ganado quedó en el pasado, hay que empezar de nuevo”, musita con extrema impotencia.
Eduardo, has adquirido muchos conocimientos y nadie te podrá quitar las experiencias vividas. Nuestros destinos tienen mil caminos, y pronto - a pesar de haber sido forzado a regresar cuando aún probablemente no estabas listo - encontrarás un horizonte más claro para este nuevo empezar.
¡Suerte! y Gracias por la entrevista.
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