Peruana en Rusia
Bueno,...acabo de regresar de mi primer vuelo a Moscú, Rusia. Diez horas de vuelo, más dos horas en auto camino al hotel. El trasero me duele, se me cierran los ojos de sueño y en éste en este país parco, lejano y al borde del hielo de Siberia son las doce del día. Tengo 50 horas para investigar, pero aun no he dormido desde ayer, ahora son las 4 am en mi hogar. ¿Tendré la energía para recorrer el famoso Kremlin y el Red Square antes de rendirme al sueño en la cama del hotel?
Al llegar hotel estoy bizca de cansancio. Una vez en mi habitación, me muevo lentamente, como si el aire fuese grueso y gomoso. Me baño con agua fría para refrescar la neblina de mi mente, no puedo pensar claramente, pero sé que hoy seré el único día que podre visitar el Kremlin ya que mañana lo cierran por descanso semanal. Sin pensarlo mucho, salgo del cuarto con pasos pesados, llego al lobby desorientada, me trato de ubicar y parto en dirección al Kremlin.
Al salir me asombra descubrir que no hace tanto frio como esperaba y las piernas, gracias a dios, aun se mueven. Camino junto a una enorme pared roja que rodea al Kremlin (el antiguo palacio de los Zares de Rusia). Mientras camino me rodean edificios históricos de arquitectura italiana, Art Nouveau, Deco, etc. ¡Increíble lo lejos que llegaron éstas tendencias Europeas en esos tiempos!
Todos los edificios y autos que veo, están cubiertos de un polvo grueso y gris. Me dan ganas de sacudir todo al caminar, pulir, limpiar un poco. El Kremlin esta a 3 cuadras de mi hotel, le doy gracias a dios por este pequeño milagro de cercanía. –Te lo agradecen mis piernas– pienso mientras trato de acelerar el paso para no llegar tarde. Las piernas no aceleran, se mueven automáticamente.
Compro mi ticket para el Kremlin en una casilla entre dos torres. El tiempo vuela mientras que trato de interpretar, letra por letra, las direcciones de los avisos. Menos mal traje conmigo una copia del alfabeto Cyrillico que baje del internet, lengua en la que todo estaba escrito en este lugar. Desgraciadamente, no me ayuda tanto como pensaba. Una vez dentro del famoso Kremlin, me quedo sorprendida por la belleza de las cúpulas de sus capillas. Todas tienen esa forma de cebollas redondas que brillan contra del cielo azul y pintadas de color oro. Es oro de verdad, de cinco a nueve kilos me asegura el guía del tour, Tatiana.
No puedo dejar de mirar hacia el cielo, hipnotizada por las cúpulas resplandecientes que me rodean. Cinco por iglesia, el número clásico en las iglesias ortodoxas de Rusia: la del medio representa a Jesús y las otras a cuatro arcángeles. No hay mucha gente alrededor. Ya es casi hora de cerrar. De pronto un par de personas salen de unas puertas muy pequeñas por el costado de una iglesia. ¿Será esa una entrada? Nada es fácil de encontrar en este lugar. Los sigo.
Sorpresa, he ingresado a una iglesia/crypta de Zares y estoy rodeada de iconos religiosos multicolores que cubren todas las paredes y techos de esta pequeña estructura. Hay ángeles, arcángeles, Vírgenes y figuras de hombres con barbas negras y ojos de sufrimiento. Hago el intento de tomar una foto, cuando siento que me tocan el brazo y me fijo que es una mujer de mirada severa que me indica que no debo de tomar fotos. Una pena, el interior es precioso. Hay pinturas hasta dentro de las cúpulas, un trabajo minucioso.
Así, persiguiendo gente que aparece y desaparece en puertas que aparentan ser prohibidas a mi acceso, visito cuatro capillas. El patrón de decoración del interior de todos estos lugares es similar al de la primera iglesia. Iconos, vírgenes, apóstoles, ángeles, arcángeles; todos con ojos oscuros y miradas tristes. Hay gente que les reza alrededor mío: estoy en un lugar de histórica devoción.
Se me acaba el tiempo, debo dejar la visita del museo del los Zares para otro día. Me quedo con las ganas y sigo a la gente hacia la puerta de salida. Al salir me doy cuenta que estoy en los Jardines de Alexander.
Hoy es un día soleado, he tenido suerte con el tiempo. Pero en la calle nadie sonríe. Me habían contado que sólo los extranjeros sonríen en ésta ciudad, sobretodo los americanos. Lo que si encuentro son los famosos gorros de piel, estrellas rojas encima de las torres del Kremlin, los abrigos extra largos con botas. Todos tienen abrigos pesados y miradas lejanas, caras blancas semi-asiáticas, la influencia de la raza eslava y de los mongoles.
Al lado de los jardines de Alexander hay un centro comercial que parece estar enterrado al lado. Hay tiendas de ropa de Londres, de USA, Italia; hay de todo para el que tiene dinero pues todo es caro… con razón nadie sonríe. Frente a la Plaza Roja está el Hotel Nacional, un monumento del pasado con ventanas de Art Nouveau en su interior y mosaicos en su fachada. Al otro lado, en las últimas fases de su construcción, el Hotel Four Seasons promete ser el hotel más fino de la ciudad y con la mejor vista del Kremlin y la plaza.
Durante mi primer día en Moscú, probé los famosos “blinis”, crepes con un nombre distinto. Comí uno con mermelada y otro con salmón y crema agria; nada extraordinaria. También probé la comida en un lugar típico ruso con mi compañera Polaca, el Polkie-Walkie. Mi compañera me dijo el nombre, yo no hubiese podido descifrar lo que estaba escrito en Ruso. No vale la pena describir lo triste que fue esta experiencia culinaria. Mi amiga Polaca se quedó con hambre, y eso que se comió la mitad de mi plato. En resumen, la comida es “olvidable”.
De regreso en el hotel, estoy exhausta pero entusiasmada por que aún me queda un segundo día. Un lujo para los que trabajamos en una compañía aérea.
(Continuará…)
Escrito por: Lizbeth Niezen
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