Sanguero a su sanguito

–¡Sango!...¡Con sorpresa!

Máximo mete su mano en el canguro que cuelga de su cintura y agarra unas monedas.

–¡Un sol!– dice el pequeño que acaba de salir de clases del colegio Alfonso Ugarte. Máximo abre la mano llena de cayos: tres monedas de un sol, dos de diez céntimos y una de cincuenta. El pequeñuelo falló en adivinar la cantidad para así ganársela, Máximo se ríe.  Pronto una manada de manos con 20 céntimos se acercan por el dulce y por si adivinan.

Hace 44 años que Máximo Piñeyro vende Sanguito en la puerta de este colegio. Muchos “Ugartinos” regresan para comer su sanguito: ex alumnos que pasan en sus carros (particulares o taxis) o a pie. Otros que trabajan por la zona y le encargan  un Sanguito para llevar a casa o para alguna comida.  En algún momento también regresaron los hermanos Sánchez Bedón, cabecillas de una de las primeras bandas de delincuentes que incursionaron en los secuestros limeños. Máximo aclara que sólo les vendió Sanguito y que lo trataron con mucho respeto.

Aunque el ‘sambo sango’ lleva una gorrilla a lo ‘Gilligan’ con el escudo de éste colegio, las rutas de verano y las antiguas rutas hicieron que su Sanguito sea probado desde Lince hasta Chorrillos. Y muchos otros, no ugartinos, crecieron con el sabor del sanguito. Uno de ellos creció hasta ser presidente del Perú, en ese entonces el colegio José María Eguren era parte del recorrido.  –Yo nunca supe que Alan me conocía, como le vendes a tantas personas…

A los 16 años comenzó a vender sanguito. Su tía Rosa lo motivó y le enseñó a hacerlo. Ella estaba en el negocio; preparaba tamal, picarones y sanguito para venderlos. Máximo entró a la marina dos años, luego trabajó en una fábrica textil. Durante éste tiempo siguió vendiendo el dulce cuando estaba fuera de turno de trabajo. En 1970 salió de la fábrica y la tía Rosa le dijo que siempre tuvo ese trabajo en la mano. Así que se dedicó de lleno a venderlo.

Cuatro décadas después de comenzar, ya no podía hacer los mismos recorridos. La esquina del colegio Alfonso Ugarte, Av. Central  con Paseo de la República, se convirtió en su lugar asiduo. Los alumnos y ex alumnos del colegio, los vendedores y compradores del mercado número dos de Surquillo y todos los que estaban en la ruta o pasaban por ella, se acostumbraron a comer sanguito, manteniendo viva una costumbre de la época virreinal limeña. El padre de Máximo fue también ‘sanguero’ y la tía Rosa era del lado materno, ella había aprendido de la abuela. Una tradición familiar que llegó doble hasta él cuando ésta se extinguía. La abuela de la abuela lo preparaba siendo esclava. Los negros adaptaron una comida serrana hecha en base a maíz molido y tostado, canela y azúcar; la ‘Machica’. Ellos le añadieron manteca, chancaca, pasas y clavo de olor, además de darle otra preparación y otro nombre. Máximo Piñeyro se demora aproximadamente dos horas y cuarto en mezclar ingredientes, amasar, calentar, amasar, freír, amasar y darle forma. Pero amasa con una paleta tipo remo en baja escala.  –Nunca entra la mano– dice.  De ahí que él sea un moreno de contextura gruesa, barriga medianamente prominente y brazos fuertes, además, todos los días hace la ruta llevando la bandeja de sango de ocho kilos en la cabeza.

Lo del nombre de este tibio dulce, ‘sanguito’, viene de ‘sango’. Sango es también el nombre de un guiso hecho a base de maíz molido, leche y quesillo en Ecuador. Pero por definición, Sango es una lengua africana que sobrevive en la República Centroafricana siendo lengua franca de más de 400 000 personas. No se tiene claro muy bien lo del nombre de este dulce, pero el término llegó a América con los esclavos provenientes de África. Y digamos que el maíz molido juega un papel importante en la adaptación de éstos con la cultura andina.

Alicia Maguiña, cantante y compositora de música criolla, nos esboza el horario (“del reloj tic tac”) de los pregoneros de la Lima antigua de callejas polvorientas en la canción ‘Viva el Perú y sereno…’:

A las seis es la lechera
y a las siete la tizonera, catay,
a las ocho el bizcocho, chumay,
a las nueve el sanguito, compay.
A las diez los jazmines, sí,
¿Muchachita no hueles ya?
a las once la chicha, catay,
a las doce el sereno, chumay,
¡Ave María Purísima!
¡Viva el Perú y sereno!

Ya sin el tic tac del reloj, Máximo Piñeyro vende el sanguito desde las 8:30 am hasta las 4 pm. El otro ‘sanguero’ que él conocía ya no vende, se malogró un disco de la columna llevando sobrepeso de sanguito en su cabeza desde Lince hasta el centro de Lima. La más razonable ruta y la esquina en la que vende han mantenido en forma a Máximo. Tiene 62 años, pero no le ha quitado la forma a su columna. Ya lleva más de 40 años en la esquina del colegio y la ruta se acortó con los años. El ya no busca clientes, los tiene y ellos saben dónde encontrarlo. Por eso implementó hace mucho su servicio a lo ‘drive thru’ para los que pasan en carro, micro o bus. Ex alumnos, clientes de años y chóferes de transporte público sebreparan por un sanguito con mosca (pasas) y bolitas multicolores de caramelo.
 
El año 2003 un carro negro de lunas polarizadas sobreparó antes de la esquina por la Av. Central, una camioneta roja iba detrás de este. Ambos vehículos se detuvieron. Alan García bajó del carro. –¡Ciudadano, todavía trabajando!– García le compró la porción promedio de 50 céntimos. Regresó al carro y bajó su esposa, Pilar Nores. Compraron otra porción y García le indicó donde estaban sus oficinas para que pase por ahí en cualquier momento. Máximo nunca se desvió de su recorrido ni se despegó de su esquina.

Cuatro años después una camioneta de lunas polarizadas se volvió a detener en el mismo lugar. Tres hombres de terno negro se bajaron y le preguntaron si era Máximo Piñeyro, él les indicó que sí. –Necesitamos que nos  acompañe a palacio– El sanguero se asustó y comenzó a recordar qué problema legal lo perseguía de tal manera que de repente se lo llevasen a Palacio de Justicia. Luego de evitarlos, por fin preguntó. Era Palacio de Gobierno.

Máximo entró a Palacio por la puerta trasera, acompañado de los negros ternos que llevaban los agentes de seguridad. Lo hicieron esperar sentado en una silla colonial con su bandeja de sanguito. Luego, él y su bandeja entraron a la oficina del presidente. Máximo no dejaba de pensar cómo un Presidente lo había tomado en cuenta. Hasta ahora no se lo explica, pero ahora lo explica orgulloso.

Alan García se paró de su moderna silla de negro cuero  y  caminó hasta él para saludarlo. Máximo puso su bandeja sobre una mesa que estaba al lado de una de las puertas de la oficina, cerca de la chimenea y al otro lado del escritorio. Ahí le contó la idea de condecorarlo mientras el presidente García comía sanguito. Una porción como de un sol, bastantes ‘moscas’ y bolitas multicolores en papel doble.

El 11 de Junio de 2007 el Sanguero recibió la medalla de la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos en el grado de Gran Comendador. Llevó la misma fuente, la misma chompa, el sanguito fresco que todas las mañanas prepara y el mismo canguro colgado de su cintura, pero no jugó a la sorpresa.

Jonathan Hunter

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Fotografía: Juan Viacava

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