Alberto Vargas

Su técnica y arte han sido comparadas al ingenio de Toulouse Lautrec, su dominio del claro-oscuro con el de Rembrandt, sus obras han sido subastadas en Chrities, Marilyn Monroe y otras actrices de Hollywood posaron para él; pero: ¿Cómo es que un Arequipeño llega a convertirse en el rey del “Pin-up” y sin que los peruanos estén al tanto de su obra? Este es un vistazo a la historia de Alberto Vargas.

El nueve de febrero del año 1896, nació en Arequipa el primer hijo del reconocido fotógrafo Max T. Vargas. Joaquín Alberto Vargas creció entre cámaras, lentes y revelados a la antigua en el estudio de su padre. Ahí fueron aprendices los hermanos Carlos y Miguel Vargas, destacados fotógrafos que establecieron el apellido sin ser parientes de Alberto y su padre. Así como ellos, Martín Chambi fue asistente-aprendiz allá por el año 1908. Dentro de ésta vorágine creativa de la fotografía peruana, el joven Alberto Vargas desarrolló una sensibilidad artística inigualable que halló en la aerografía su medio de expresión.

A los trece años aprendió a utilizar los aerógrafos, que en ésa época se utilizaban para colorear y retocar los negativos fotográficos. Pronto su padre, y los clientes de éste, reconocieron el talento del adolescente. Dos años después, viajó junto él a Europa, donde estudió fotografía en Zurich y Génova siguiendo los deseos de su padre. Durante su estadía en el viejo continente, Vargas dibujaba y pintaba en sus ratos libres, incluso hacía caricaturas. Al visitar los museos de Europa,  fue seducido por la pintura de desnudos clásicos y las nuevas tendencias de la pintura sensual. Aprendiendo de las obras maestras, Alberto le dedicó más tiempo al dibujo y la pintura. Sus trabajos fueron reconocidos en poco tiempo y publicados en la revista “La Vie Parisienne”. Pero en 1916 la Primera Guerra Mundial carcomía cada vez más la vida en Europa y ese año emigró hacia los Estados Unidos.

Ya instalado en Nueva York, Vargas fue presa del “glamour” de las chicas de Broadway. Decidió que su trabajo exaltaría las cualidades de la mujer americana. Empezó haciendo ilustraciones de moda para “Adelson Hat Company” y “Butterick Patterns”. A la par, realizó trabajos “freelance” en los cuales dibujó y pintó en las ventanas de las tiendas. Así fue que su técnica de dibujo (mezcla de acuarela, lápiz, tinta y mucho talento) es rápidamente apreciada. En 1919 Florence Ziegfield le encargó hacer una docena de retratos en acuarelas de las estrellas de los “Ziegfeld Girls” (obras tipo Broadway, pero más sensuales). Durante doce años, una obra por año, el artista trabajó junto a Ziegfeld. En este ambiente, Vargas conoció a su único amor y futura esposa: Ana Mae Clift.

Entretanto, trabajó para la Paramount Pictures en el departamento de arte. Se encargó de los gráficos publicitarios de la película “Glorifying the American Girl”. Los afiches de la película recorrieron los cines de USA. En 1927 su afiche principal apareció en el libro del Veinteavo aniversario de la compañía. El libro fue repartido entre las estrellas y ejecutivos de la casa productora.

En 1930 se casó con Ana Mae Clift, su musa y fuente de inspiración. Juntos decidieron mudarse a Hollywood, donde las ofertas de trabajo se multiplicaron. Pronto entró hizo trabajos para la 20th Century Fox, para una campaña publicitaria de Mayonesa Hellmans, para Warner Brothers, MGM Studios, entre otros. Además de mantenerse ocupado con trabajos encomendados, Vargas siempre se hizo tiempo para pintar a sus estrellas favoritas de “Ziegfeld Girls”. El estilo “pin up” lo llenaba de placer y satisfacción personal, además le permitía crear más libremente en el género que lo sedujo desde el inicio. Entre una de sus ilustraciones favoritas se encuentra la de Shirley Vernon, cuyo retrato se encuentra en su colección privada.

En 1939 la revista “Esquire” lo contrató para hacer un calendario. Las ventas de éste batieron el record y el trabajo lo llevó a ser realmente conocido y famoso. Durante los siguientes cinco años, y a la par de la Segunda Guerra Mundial, las “Varga Girls” se convirtieron en un éxito imparable que alegraba a los soldados (de todos los frentes). Su obra fue llamada “Varga Girls”, sin “s”, por requisito de la revista. Cuando Vargas se retiró de la empresa y quizo continuar con su trabajo, Esquire no lo dejó utilizar el nombre que lo lanzó a la fama; tuvo que seguir con sus obras llamándolas “Vargas” Girls”, con la “s”.

Unos de los clásicos de las ilustraciones de Vargas de esa época son las “mascotas Pin Up”: dibujos en aviones y bombarderos norteamericanos que le daban un toque sensual a los aviones cargados de misiles y bombas de destrucción masiva. Los dibujos eran hechos por él y a pedido, aunque la mayoría de las ilustraciones eran copias de sus dibujos que fueron publicados en barajas de naipe (“Vargas Vanities”), calendarios y publicaciones en revistas.  

En 1956 Playboy publicó algunas de sus obras. Estas impresionaron placenteramente a Hugh Hefner, dueño de la famosa revista, quién le ofreció publicar su obra mensualmente. Luego de la mala experiencia en la revista Esquire, Vargas retornaba luego de unos años de problemas económicos y falta de trabajo. Consiguiendo un mejor trato, aunque no el que en realidad merecía, Alberto Vargas fue indispensable para el éxito de Playboy. Durante su relación con ésta revista, Vargas demostró ser un hombre respetuoso a la sensualidad y erotismo femenino al negarse a pintar bellos púbicos en las mujeres, es decir, mostrando esa zona. Vargas marcó su límite antes de la pornografía; Playboy lo respetó.

Ana Mae, esposa de Alberto Vargas, murió el mes de noviembre de 1974 luego de que no se recuperara de una fuerte caída. Sumido en una profunda depresión, el artista deja de trabajar. Es recién a finales de los 70’s, mientras trabaja en su autobiografía, que retoma el arte de pintar y realiza algunos trabajos como la caratula para el disco de “The Cars”. En 1979 viajó a Europa para una exhibición de sus trabajos, Alberto fue recibido con mucho respeto y admiración, algo que no recibió en EE.UU.

Ochenta y seis años más tarde de nacer en Arequipa, Joaquín Alberto Vargas murió de un ataque al corazón. Era el 30 de diciembre de 1982 y días después la noticia llegaba a Perú sin causar mayor aspaviento. Esperemos que con este breve relato de su vida, más peruanos podamos reconocer y apreciar su obra; que si bien fue picante, nunca fue de mal gusto.


Escrito por: Claudia Gill
Editado por: Jonathan Hunter

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